Wiggins y Andrade
Andamio, no jaula
Pedir un trabajo sin decir cómo se evaluará es vendar los ojos de alguien, pedirle que acierte a la diana y revelarle al final dónde estaba el centro. Pero una rúbrica demasiado cerrada tiene su propio problema, y lo señaló quien más las defendió.
Ponle una venda a alguien, señálale una dirección vaga, pídele que acierte a la diana. Al final, quítale la venda y muéstrale dónde estaba el centro.
Puede que haya acertado. La suerte existe. Lo que no ocurrió, en ninguno de los dos casos, es que aprendiera a apuntar.
Así funciona una tarea que se entrega sin decir cómo será evaluada. Y así funcionan muchísimas, no por descuido, sino porque en algún momento se instaló la idea de que revelar los criterios de antemano era una forma de facilitar el trabajo — cuando en realidad es la única forma de que el trabajo enseñe algo.
· · ·
01 — Dos hilos que terminan en el mismo sitio
Grant Wiggins, uno de los padres de la evaluación auténtica, sostuvo que evaluar de verdad significa medir el desempeño real frente a criterios claros y públicos. No acumular preguntas fáciles de calificar, sino proponer tareas que se parezcan a lo que un experto haría, con estándares conocidos de antemano. Su vara era exigente: si la tarea no se parece a nada que alguien haga fuera del colegio, ¿qué estamos midiendo?
Heidi Andrade, investigadora de la evaluación formativa, trabajó el otro extremo del mismo hilo. Mostró que cuando el estudiante conoce y usa la rúbrica antes de empezar, la emplea para regular su propio trabajo. La rúbrica deja de ser un instrumento de medición y se convierte en uno de aprendizaje.
Juntas, las dos ideas desplazan la rúbrica desde el final —justificar una nota— hacia el principio —orientar el esfuerzo—. Es el mismo documento, movido de lugar, y cambia por completo de función.
Es el mismo documento, movido de lugar, y cambia por completo de función.
02 — La rúbrica que hace daño
Aquí conviene no ser evangelista, porque una rúbrica mal hecha empeora las cosas.
Criterios vagos —«demuestra comprensión»— no aclaran nada: trasladan al papel la misma ambigüedad que había en la cabeza del profesor, con apariencia de rigor. Niveles que no se distinguen entre sí obligan a decidir a ojo y después justificar. Y tantos descriptores que nadie los lee producen el peor resultado posible: un documento largo que a todos los efectos no existe.
Hay además un riesgo pedagógico más fino, y lo señala la propia Andrade: una rúbrica demasiado cerrada puede convertir el trabajo en un ejercicio de llenar casillas y matar lo que tenía de propio. El estudiante deja de preguntarse qué quiere decir y empieza a preguntarse qué falta marcar.
La rúbrica es andamio, no jaula. Buena cuando aclara qué importa. Mala cuando sustituye el juicio por una lista de chequeo.
03 — Antes, no después
Falla, sobre todo, cuando se entrega después: como recibo de la nota en lugar de mapa del camino. Una rúbrica que aparece junto a la calificación no es formativa aunque esté impecablemente construida. Solo sirve para que la reclamación sea más corta.
Y falla cuando se confunde objetividad con precisión. Ponerle números a criterios difusos no los hace más justos; los hace más difíciles de discutir, que no es lo mismo. Un 2,7 en «demuestra comprensión» tiene toda la apariencia de un dato y ninguna de sus propiedades.
La prueba está en una sola pregunta: ¿el estudiante tuvo la rúbrica en las manos mientras trabajaba? Si no, cumplió una función administrativa. Legítima, pero otra.
04 — Lo que hacen las Rúbricas de SOPHIA
Cuando la herramienta ayuda a construir criterios claros y niveles que de verdad se distinguen entre sí, y los deja listos para compartir con el estudiante desde el primer día, está poniendo en práctica a los dos: a Wiggins, con criterios públicos sobre desempeño real; a Andrade, con la rúbrica como instrumento de autorregulación.
El propósito no es calificar más rápido. Es que el estudiante sepa a qué diana apunta antes de disparar. Que sea, además, más rápido de calificar, es una consecuencia — y conviene tenerla en ese orden, porque cuando el orden se invierte aparecen las rúbricas de veinte descriptores que nadie lee.
Sobre lo que ocurre cuando la vara está a la vista escribí antes en La vara a la vista.
05 — El primer día
Andrea va a pedir un proyecto de ciencias. En vez de evaluarlo a ojo al final, arma una tabla de cuatro criterios con niveles concretos y la entrega el primer día, junto con el enunciado.
Un estudiante con apoyos documentados en su PIAR —de los que suelen perderse en las tareas abiertas, no por falta de capacidad sino porque nadie les dijo qué se esperaba— ahora tiene el mapa. Sabe qué es un buen trabajo antes de empezarlo.
Cuando Andrea califica, la rúbrica no le sirve para justificar un número.
Le sirvió tres semanas antes, que era cuando hacía falta.
← Volver al blog